
¡Hola!
Mi nombre es Víctor, costurero de profesión y rolero de afición. Costurero desde 2018, cuando abandone mi trabajo tradicional por cuenta ajena y a 40 horas para adentrarme en un proyecto de costura creativa junto a mi familia. Mis andadas con el rol se remontan mucho antes, en 1992, cuando recuperándome de un hueso roto, nos juntamos varios amigos del cole a imitar a uno de los hermanos mayores, en un juego con lápices, mapas y dados.
Lo hicimos a nuestra manera (Mal), sin reglas ni manual, simplemente tirando dados como si fuera un parchís y dibujando nuestros personajes con espadas y armaduras estrafalarias. No fue hasta mucho después que descubrí que imitábamos «El señor de los anillos» y que aquella criatura que imaginamos como Conan el bárbaro era en realidad un Hobbit.
Aquellas divertidas aventuras enfocaron mi incipiente afición por la lectura en la literatura fantástica y pasé años y años, de biblioteca en biblioteca, devorando cada tomo que encontraba por el camino.
Debido al trabajo de mi padre, nos mudamos a otra comunidad, perdí la conexión con mis amigos de aquella época y no volví a jugar a «rol», pero jamás abandoné la lectura.
Por mis manos pasaron primero los comics de Harold Foster y su príncipe valiente y poco después encontré una vieja edición del Hobbit del profesor Tolkien. Inicialmente me llevé un chasco por la diferencia de altura entre Bilbo Bolsón y el personaje interpretado por Arnold Schwarzenegger, sin hablar de que su prosa era muy densa para aquel niño de 10 años, pero ese libro inició una época increíble entre las paginas de innumerables autores de fantasía. C.S. Lewis, David Eddings, Tad Williams, Margaret Weis, Tracy Hickman, Robin Hobb, Louis Cooper, R.A. Salvatore y muchos más…
Pasó el tiempo, tres mudanzas, tres comunidades, dos colegios y dos institutos, el pequeño Víctor seguía siendo pequeño, al menos muy bajito, pero mi amor por la lectura era cada vez más grande.
Comencé el curso de cuarto de la ESO en un nuevo centro educativo en Cantabria, con los nervios de empezar en un lugar desconocido, sin conocer a nadie y con apenas unos minutos para encontrar mi aula y sentarme antes de que sonara el timbre. Caminé por los pasillos de aquel Instituto con la cabeza gacha, casi encorvado, todo esto motivado por la vergüenza de mi adolescencia y el innecesario peso de la mochila.
Siguiendo las instrucciones de conserjería alcancé la puerta de mi nueva clase y cruzando el umbral iluminado por el alba de aquel frío septiembre me encontré rodeado de una veintena de extraños que me miraban.
Sin dar tiempo a que mi visión se acostumbrara al cambio de luz, mi mirada se posó en la única persona que no había levantado la vista para estudiarme. Un chaval menudo y con gafas estaba dibujando en las últimas filas de la clase, en silencio, concentrado en lo que parecía algún tipo de guerrero con casco emplumado. Lo supe al instante, aquel chaval sería mi compañero, no recuerdo exactamente lo que dije, me presenté torpemente, elogié su dibujo sin saber exactamente lo que era y me senté a su lado.
Aquél encuentro fue el inicio de mi actual grupo de rol, aunque empezamos con wargames, pintura y modelismo, no tardamos en trastear con rol por foro, algún juego de mesa y finalmente la chispa se encendió. Mi asignatura optativa de teatro, me llevó a participar una sesión de rol en vivo, tuve en mis manos el manual de vampiro para mi primer one-shot y no se exactamente porqué me compré el manual de Aquelarre. Recuerdo estudiar el manual como quién se prepara para unas oposiciones, leyendo cada texto y cada tabla tratando de entender y memorizar sus reglas, escuchando la música que venía en aquel CD de ambientación e intentando imaginar una aventura con una épica que aquel sistema no destilaba de forma natural.
Aún así jugamos nuestra primera sesión, ninguno sabía jugar realmente, pero el caldo de cultivo estaba ahí, nuestro amor por la fantasía, el teatro, los videojuegos y los wargames ayudaron los suyo.
Fue una autentica pasada, las risas, los gritos, los dados rodando por aquella diminuta mesa de madera en el trastero de Ismael.
Aquello no había quien lo parase, el hobby nos había picado con su veneno y nos habíamos vuelto completamente adictos. Jugamos y jugamos cada segundo que teníamos libres, a pesar de que ninguno teníamos coche, ni edad para conducir, a pesar de vivir en localidades alejadas cogíamos el autobús para encontrarnos y jugar.
Probamos diferentes sistemas, aunque fueron D&D y pathfinder los que más horas de entretenimiento no han dado, jugamos en nuestra adolescencia, nuestra …

